Una tos seca me despierta media hora antes de que suene el despertador. Me consuelo pensando que así me dará más tiempo a hacer todo. Al final, tuve tiempo de sobra.
Daniel me
había propuesto visitar los dos parques naturales, Ischigualasto y Talampaya, en el mismo
día, pero para eso había que salir a las 8 de la mañana y, teniendo la milonga,
iba a ser demasiado. Le convoqué a las 10 y, cuando llegué de la milonga tan
tarde, le escribí pidiéndole salir una hora después. Al final, él se retrasó
una hora más y no salimos hasta las 12 del mediodía.
Tardamos unas
tres horas en llegar a Ischigualasto (o Valle de la Luna). Daniel me explicó que el parque es una
mirada al periodo triásico, ya que las capas que deberían estar sepultadas, por
movimientos de las placas tectónicas, se han comprimido y empujado hacia el exterior.
- Antes de llegar al parque
verás formaciones de Tarjados, Talampaya, Chañares e Ischichuca. Una vez entremos al parque, verás otros tres tipos: los rastros, barrancas coloradas e Ischigualasto.
¡Menudos
nombrecitos!
Llegamos a la entrada del parque a las 2:45, donde está la taquilla. 2500 pesos. Los argentinos pagan 1500 y los sanjuaninos, 500. El circuito, de 40 km, se hace en grupos de vehículos, acompañados por un guía del parque. El siguiente estaba programado para las 3:30 y me dio tiempo a visitar el museo. No todo, tuve que volver después. Además de mostrar la flora y la fauna del parque, aprendí algo fascinante: que el parque cuenta con fósiles de los dinosaurios más antiguos encontrados en el planeta.
Salimos en caravana con Martín que nos fue parando en puntos de interés, incluyendo el "museo del sitio" (arqueológico). Los dos parques, Ischigualasto y Talampaya, son en realidad uno solo, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en el año 2000. La separación en dos es puramente administrativa: el primero pertenece a la provincia de San Juan y está considerado parque provincial, mientras que el segundo pertenece a La Rioja y pasó a ser parque nacional en 1997.
De camino nos encontramos un control policial rutinario y seguimos nuestro camino al Hotel Cuesta de Miranda. Daniel se despidió hasta la mañana siguiente. Eran las nueve pasadas. Omar, súper amable, me recibió, me dio la llave y me enseñó el hotel, incluyendo una terraza desde la que se veía un bonito amanecer. En ese momento había un cielo despejado y se venían las estrellas. De camino por el pasillo, me habló orgulloso de su grupo folklórico, Kallarku.
Llegué con hambre y cené bien, de mi "tartera itinerante", lo que me llevo del buffet de desayuno, que nunca hago in situ.
El hotel estaba poco concurrido y no era tarde, así que esperaba dormir muy bien. Pero al final me desperté muchas veces, no sé bien por qué.








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