Pasamos por la catedral y el campanil y nos dirigimos a la casa natal de Sarmiento, donde nació y vivió el gran prócer argentino Faustino D. Sarmiento, gobernador, presidente, minero y gran promotor de la educación en Argentina. Su principal legado, en la segunda mitad del S XIX, consistió en sacar a la Argentina del analfabetismo, creando multitud de escuelas primarias.
Juan Ignacio me ofrece mate. Tomo y se lo devuelvo con un "gracias". Me explica que no debo dar las gracias, a no ser que no quiera más. "Aunque suene a buena educación el agradecer, en sitios tradicionales, no te lo volverán a ofrecer", explica. En ese momento es verdad que no quería más, pero no sabía el significado implícito de agradecer un mate. Me lo apunto.
Daniel nos lleva al auditorio. Recuerdos frescos, ¡y bellos!- No se acerquen al escenario, que hay un ensayo. Ocupen las últimas filas completamente en silencio y a los pocos minutos yo les indico que es hora de salir.
Consigo una estupenda instantánea del auditorio vacío. No entiendo por qué hay una señora hablando a cada momento (no oigo lo que dice), sentada más o menos por donde yo estaba la noche anterior. Al salir nos cuentan que era un examen.
De nuevo pasamos por más de los monumentos que había visto la noche anterior, antes de encaminarnos a la "ruta interlagos", que incluye el dique de Ullum, Punta Negra y otro que no visitamos (Caracoles). A la vuelta, ya cerca de la ciudad, cruzamos el dique Ignacio de la Rosa, que es el que da paso al riego de los distintos departamentos de la ciudad, mediante un sistema de compuertas que se abren alternativamente.
Por último, Daniel nos lleva a la bodega Sierras Azules, donde el dueño nos explica el proceso de elaboración del vino. Los recién casados tienen reservada una mesa para almorzar y ahí nos separamos. Nos volveremos a ver en Buenos Aires, donde ellos residen, y ya estoy invitada a la casa de un buen parrillero, el padre de Natalia. Será en abril.
Daniel y yo pasamos por la tienda y, claro, no voy a comprar vino. Primero, que no me gusta, y segundo, estando como estoy de viaje por Argentina. Curiosamente, el propietario de la bodega me cuenta que aunque es él quien elabora el vino, junto con su hijo, a él tampoco le gusta. Le da dolor de cabeza.
- Pero veo que tiene otros productos.
- Sí, es de un productor local. Hacemos intercambio.
Así que compro tres botes de pasta de aceitunas, berenjenas y tomates secos y me voy al encuentro de mi guía. Daniel pone el coche en marcha y entonces se me enciende la bombilla: Seguro que Claudio y Cecilia lo aprecian. Le pido que me espere.
- Perdón que le moleste otra vez, pero es que se me ha ocurrido comprar una botella para unos amigos que hice anoche.
- No es molestia. ¿Qué vino querría?
Me comenta tres variedades cuyos nombres--por supuesto--no recuerdo y un "reserva", que es el que acabo comprando. (Luego veo, en su tienda online, que las tres opciones eran Tannat, Malbec y Blend.)
- Ah, y me llevo también un bote de pasta de aceituna negra, mi preferido.
Admiro la botella. Pone "Summus", no sé bien por qué. Ahora sí, vuelvo al coche y emprendemos la marcha. Sonrío pensando que a mis nuevos amigos les gustará mi idea. Casi simultáneamente me llega un mensaje de Cecilia con información de una milonga a la noche, donde volverá a cantar Ariel Ardit. Pide confirmación. ¡Cómo no! Iremos las dos, Claudio tiene otro compromiso.
Llego al hotel a las 2 de la tarde, descanso un poco y bajo a la piscina. Me hacía ilusión nadar, pero veo que el agua está ligeramente turbia, no invita al baño. Me pongo boca abajo en la tumbona y dejo que los rayos de sol me tuesten ese lado que normalmente no está expuesto. No duro más de media hora bajo el tórrido sol sanjuanino.
Vuelvo, plancho la ropa que lavé el día anterior, y me doy un paseo por los alrededores del hotel. Conozco a Hugo Cárdenas, que canta tango en la calle y es compañero laboral de mis nuevos amigos. Le escucho medio tango y una milonga y me quedo con las ganas de bailarla antes de seguir con mi recorrido. Le hago una contribución. Me devuelve un gracias, intercalado en su canto. En una tienda de accesorios me compro una gomita para el pelo. 170 pesos, unos 50 céntimos. Sigo paseando y hago un vídeo. Me sorprende lo viva que está esta ciudad. Es sábado, de acuerdo, pero aun así. Se diría que están los más de seiscientos mil habitantes todos en la calle. De vuelta al hotel, me asomo a la misma esquina donde estaba Hugo. Sigue ahí. Le escucho dos tangos y le doy 1000 pesos. Me acerco a charlar con él. Le cuento mi amor por el tango y me dedica uno. Ya es hora de volver a casa. Cecilia llega enseguida, para llevarme a la milonga en Santa Lucía.
La más cara a la que he ido pero... ¡menuda milonga! La ubicación, la decoración de la sala, Ariel y sus músicos, los milongueros. En dos meses y medio en Buenos Aires no había cerrado ninguna milonga y esa noche de San Juan lo consigo. Salimos a las 3:40 de la mañana. Como dicen aquí: "Calavera no chilla", que traducido al castellano sería "Sarna con gusto no pica".
- ¿Te lo has pasado bien? (Le pregunto a Cecilia.)
- Sí, muy bien.
- ¿Te ganamos para el tango?
- Yo creo que sí.
Muertas, ya a la puerta del hotel, nos hacemos la foto de despedida. Tengo otra amiga para toda la vida. Lo sé.

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